miércoles, 21 de junio de 2017

EL BIENINTENCIONADO

EL BIENINTENCIONADO[1]        
Alfredo Alfonso Alfalfa era un ser tan piadoso que cada mañana al despertar pensaba en todos los seres que estarían muriendo en ese momento y en todo el sufrimiento que estarían soportando otros animales, humanos o no, en ese preciso instante. Cada mañana recordaba que él era uno de esos seres, que sufría y que, aunque le costaba hacerse a la idea, moriría también como los demás.
Alfredo Alfonso Alfalfa no sólo estaba convencido de que sentir empatía por el resto de los seres era lo correcto, sino que creía firmemente que creer sentir lo que se cree que otros sienten era un rasgo inequívoco e incuestionable de superioridad sobre el resto de seres desaprensivos e incivilizados. 
Alfredo Alfonso Alfalfa pasaba los días agobiado por estos pensamientos, eran su obsesión.
Cierta mañana en que el Sol brillaba, los pájaros cantaban y los insectos volaban sobre la pradera, Alfredo Alfonso Alfalfa salió a dar un paseo. Caminó un buen trecho por el campo mientras sufría por la crueldad del mundo: él pisaba sin querer la hierba, el sol secaba las plantas, los pájaros se comían a los insectos y los insectos se devoraban entre sí y a las plantas. Era una auténtica carnicería. No podía soportarlo. Cansado, se sentó a la sombra de una higuera mientras observaba intranquilo el transitar de una oruga por el tallo de una zarza. ¿Querría comerse la planta aquel malvado insecto? Y, ¡cuánto sufriría la oruga si se pinchaba con las crueles espinas de la zarza!
El Mundo estaba loco, todo era contrario a como debería ser. La Naturaleza era muerte y sufrimiento. ¡Cuánto desearía poder evitarlos!       
En esto, Dios (que, como todos los lectores ateos saben, es un señor anciano, alto, melenudo y barbudo, canoso y vestido con sábanas blancas, que vive en las nubes y se pasa la vida creando mundos y cuidando de ellos) apareció frente a él. Se había compadecido de la inmensa compasión del compasivo Alfredo, el cual, de mientras, pensaba para sí: “este dios estúpido y brutal está pisando a las pobres e indefensas hormigas”, Dios, que también pensaba para sí: “¡Mira que tengo mala suerte! haber caído en un hormiguero. ¡Como pican estas condenadas!”, envió un ángel (que, como todo ateo sabe, es un pájaro de cuidado —sobre todo si es el de la guarda— con largos rizos dorados, sexo hermafrodita e insoportablemente encantador) que cogió suavemente a Alfredo y lo elevé al Cielo.          
Ya en el Cielo, Dios se acercó a Alfredo Alfonso Alfalfa, que observaba pensativo desde las alturas un mundo lleno de seres malignos, en el cual todos sufrían terribles padecimientos y agonías y a su vez las inflingían a otros, en el que el asesinato y el sadismo eran la norma...
-Alfredo, hijo mío -dijo Dios, que en el fondo era un sentimental- he visto con agrado tu gran piedad. Me ha sorprendido gratamente tu preocupación y dedicación por la vida y el bienestar de los demás seres. En verdad, en verdad te digo que si todos los seres fuesen como tú el mundo sería muy distinto. Alfredo, hijo mío, eres mi ídolo, y para demostrártelo te voy a permitir ser Dios en mi ausencia que tengo que irme a hacer los recados. En tus manos encomiendo el mundo. Tus deseos son órdenes y puedes usar estos instrumentos que ves aquí para llevarlos a cabo.
Y, dicho esto, desapareció dejando a Alfredo en el séptimo cielo.
Alfredo no cabía en sí de gozo. Por fin se le reconocía su valía, por fin alguien (aunque sólo fuera Dios) se daba cuenta de quién era realmente y de para qué había nacido. Dios había tenido una revelación divina. El conocimiento del verdadero carácter suprahumano de Alfredo Alfonso Alfalfa había sido implantado en la mente de Dios por el poder psíquico paranormal del divino Alfredo. El era el Salvador, el Ser Original, Auténtico, Único, Especial e Inigualable que el Mundo había estado esperando desde hace millones de años. La evolución había tocado a su fin. Todo había sucedido con una finalidad evidente: él, Alfredo Alfonso Alfalfa, el espíritu más puro, amoroso, perfecto y humilde jamás habido. Era inmejorable, insuperable, el más bueno, el más inteligente, el más mejor... Por fin lo había conseguido, era Dios mismo.  
Alfredo Alfonso Alfalfa se dispuso a desempeñar su nuevo cargo como ser supremo, omnisciente, omnipotente y ubicuo (esto, para los lectores “creyentes”, hace referencia a Dios, no a los santos, mártires y héroes de las diversas “revoluciones”, revueltas, rabietas y pataletas habidas o por haber, ni a 1os intelectualillos, “enteraos” y demás listos de los cojones libertarios, izquierdistas y progresistas más o menos contestatarios, duros y “radicales”, que son legión. Eso sería entrar en otros cuentos). Por fin podría hacer realidad su deseo de acabar con el sufrimiento y la muerte y reparar lo que millones y millones de años de caos, crímenes continuos y luchas encarnizadas habían engendrado: un mundo odioso y sangriento, un espectáculo dantesco y atroz de opresión constante de los seres fuertes sobre los débiles, de violencia de los débiles sobre los más débiles y de agresiones de fuertes grupos de seres débiles sobre débiles seres fuertes.
Decidió por tanto que resucitaría, mediante los superpoderes que la divina alta tecnología le ofrecía, a todos los seres muertos hasta la fecha y que en adelante impediría que cualquier ser dañase a otro y que ningún ser vivo muriese.            
Dicho y hecho. Puso a los ángeles a trabajar y en pocos minutos la maniobra de resurrección e inmunización contra el dolor y la muerte había concluido.
¡Qué feliz estaba! Se había acabado el mal, sólo existía ya el Bien: la vida eterna y la felicidad sin límites. Estaba tan feliz que ni se preocupó de mirar para abajo y ver su gran obra. Al fin y al cabo, los principios teóricos en que se basaba eran impecables, todo encajaba lógicamente a la perfección, lo había diseñado é1, ¿para que revisar el resultado?      
En ese preciso instante entró Dios con los pelos y las barbas de punta y echando truenos por la boca y rayos por los ojos.   
-Pero, ¿se puede saber quién ha sido el desgraciado que ha causado semejante desbarajuste?- gritó dirigiéndose al ángel que desempeñaba las funciones de contramaestre de Dios- ¡Se le van a caer las plumas! ¡Lo voy a convertir en figurita para nacimiento!
-¿Qué ha sucedido, compañero?- preguntó Alfredo preocupado por el malestar del que ahora era su colega- ¿Qué es lo que tanto te irrita? Cuéntamelo y seguro que podré hacer algo por ti.
-Echa un vistazo al mundo por el borde de la nube y lo verás- dijo Dios.
Alfredo Alfonso Alfalfa se aproximó a la barandilla de seguridad que rodeaba la cubierta de la nube y observó maravillado y lleno de orgullo su gran obra.            
Allí abajo se apilaban, capa sobre capa, millones, billones, trillones... de seres de las más diversas formas, texturas y tamaños (peludos, emplumados, escamosos, blandos, duros...) formando una masa informe y palpitante de cuerpos en movimiento mezclados con troncos, ramas y hojas y una sustancia viscosa de color indefinible formada por microorganismos, estiércol, orines y materia vegetal en descomposición. Se pisaban y aplastaban unos a otros a causa de la falta de espacio, pero pasara lo que pasara ninguno moría y al momento recuperaban su forma original para volver acto seguido a perderla en otro accidente. Y lo más maravilloso, el tamaño de aquella inmensa bola de vida crecía por momentos pues aunque eran inmortales, los seres vivos seguían reproduciéndose.
-Me ha quedado imponente, ¿verdad?- dijo Alfredo.         
-Así que has sido tú. Has arruinado mi creación. Miles de millones de años manteniendo el equilibrio y vienes tú  y en diez minutos te lo cargas.    
-¿Qué dices? ¿Qué equilibrio? ¿Cuál es el problema?- Alfredo no salía de su asombro; aquel dios idiota no era capaz de reconocer el Bien cuando lo veía.  
-¿No ves que no tienen sitio? ¡Se están aplastando unos a otros!- gritó Dios encolerizado:
-¡Ah!, es sólo eso... bueno, pues los mandamos a otros planetas y ya está.
Dios no acababa de encajar la situación, aquel pequeño hombrecillo bienintencionado era peor que una plaga y encima iba de listillo. Dios tenía la impresión de que el control se le escapaba de las manos.
-Al  ritmo que crecen no habría suficientes planetas en el Universo, y además, si estaban en este planeta y no en otros era por algo. Sólo nos faltaba extender este sindiós por el resto del Universo. Hay que pararlos, ¡ya!           
-Eso está hecho- dijo Alfredo Alfonso Alfalfa con aire de tenerlo todo previsto desde hacía mucho tiempo -Los esterilizamos y sanseacabó. Además para que se estén quietos y no se peleen ni se ataquen unos a otros los encerramos a cada uno por separado, y si hace falta los inmovilizamos y punto. ¿A que es buena idea? Seguro que a ti nunca se te hubiese ocurrido.
Dios estaba perplejo, aquella criaturilla arrogante hecha a su imagen y semejanza (¿o era al revés?; siempre había sospechado que era él quien había sido diseñado y fabricado a imagen y semejanza de algunos humanos como aquel) tenía “solución” para todo. ¡Y qué remedios! Peores que la enfermedad. Y encima se daba unos humos aquel sinvergüenza…
-¡Qué dices insensato! ¿Quién te crees que eres para disponer de la Libertad de otros seres y para decidir cuáles deben nacer y procrear y cuáles no? ¿Dios, acaso?   
-Ahora que lo dices, pues sí. Tú me has nombrado tu sustituto.
-Pues te retiro del cargo.
A Dios le iba a dar un mal de un momento a otro. Aquel humanillo le estaba tocando las narices. Era algo totalmente insoportable, incluso para Dios. ¿Qué demonios (¡uy! perdón, quería decir “diantres”) podía haber visto en aquel ser canijo y vanidoso? Menos mal que sabía que Dios es infalible que si no pensaría que se había equivocado.        
-Pues no me da la gana renunciar a é1. Eres un viejo imbécil, chocho, decrépito, débil y  pseudopacifista que tolera la maldad. Eres tan incompetente que no has sido capaz de eliminar el dolor y la muerte del mundo y he tenido que venir yo a enseñarte cómo hacer el Bien y a poner orden. Vete ya y deja el puesto a alguien realmente capaz, como yo.    
-Mira hijito, aquí el único imbécil que hay eres tú y quienes como tú se creen que el Mundo es suyo.
Ya no le cabía duda, a pesar de ser Dios, se había equivocado. Tanto texto sagrado, tantos siglos exaltando la Vida, el Amor, la Felicidad... lo único que habían conseguido era crear monstruos como aquel individuo que tenía delante
-¡Fuera de mi nube!
En el acto, un ángel agarró a Alfredo Alfonso Alfalfa por las orejas y lo bajó a tierra. Durante el tiempo que duró el descenso, Dios y los ángeles que estaban de guardia en ese momento deshicieron el desaguisado, dejando el mundo como estaba antes de que Alfredo lo “arreglara”.
Alfredo Alfonso Alfalfa despertó a mediodía al sentir el picotazo de un pérfido tábano que de forma vil y ruin le había tratado de chupar la sangre. Se quedó horrorizado, el mundo seguía siendo una gran sala de torturas, todo había sido un sueño una ilusión. Era un humano de nuevo y aunque obviamente merecía ser Dios por su carácter amable para con las víctimas inocentes e inermes del maltrato y el abuso perpetuos que se daban en la Naturaleza, no lo era. Todo había sido un bonito sueño. La realidad era cruel y esto no era más que otra demostración de ello.
Alfredo Alfonso Alfalfa de repente sintió pánico, cayó en la cuenta del peligro que había corrido quedándose dormido en plena Naturaleza hostil. Cualquier animal depredador y sanguinario podría haberle atacado en un arrebato de furia animal y, con fruición, devorarlo vivo desgarrando sus miembros con sus colmillos y garras mientras engullía su cadáver y bebía su sangre. ¡Oh, qué terrible posibilidad! Estaba aterrado. Menos mal que siempre llevaba su teléfono móvil encima para estos casos de emergencia. Al recordarlo, recuperó la calma y levantándose emprendió el regreso a su casa, que por cierto estaba a menos de trescientos metros de la zona verde en que se encontraba Alfredo. 
Mientras, Dios, en la gloria, hacía frente a una profunda crisis existencial y dudaba de sí mismo, es decir, era agnóstico. Tras entrar en éxtasis místico decidió abandonar su puesto y volverse ateo. Un error lo tiene todo dios, pero un dios que se equivoca tanto lo mejor es que dimita.
Lo más curioso del caso es que a partir de ese momento no se notó en absoluto su ausencia. Todo siguió su curso natural. La muerte continuó siendo el final de la vida individual y un paso más en la evolución de la vida en general, los animales libres siguieron valiéndose del dolor para mantener el contacto con la realidad y evitar daños mayores y, por desgracia, algunos enanos con delirios de grandeza, falta de humildad y fuertes desequilibrios mentales siguieron tratando de poner orden en el orden preexistente que a ellos les quedaba grande, jugando a ser dioses y asegurando que Dios lo quiso así.
¡De los bienintencionados líbranos Señor!






[1] Cuento extraído de Historias desde el Lado Oscuro (E=m.c2,2004,); © 2004, E=m.c2.

jueves, 8 de junio de 2017

EL BARCO DE LOS TONTOS

EL BARCO DE LOS TONTOS[1]
Por Ted Kaczynski

Érase una vez el capitán y los oficiales de un barco, que estaban tan exageradamente orgullosos de su habilidad como marinos, tan llenos de soberbia y tan engreídos, que se volvieron locos. Pusieron rumbo al norte y navegaron hasta encontrar icebergs y peligrosos témpanos, y aun así siguieron navegando hacia el norte a través de aguas más y más peligrosas, sólo para tener oportunidad de dar cada vez mayores muestras de su pericia como marineros.
   A medida que el buque iba alcanzando mayores latitudes, el descontento crecía entre los pasajeros y los marineros. Comenzaron a reñir entre ellos y a quejarse de las condiciones en que vivían.
   -¡Que me aspen -dijo un experimentado marinero-, si esta no es la peor travesía que he jamás hecho! La cubierta está helada; cuando estoy de guardia, el viento corta incluso a través de la chaqueta; cada vez que arrío el trinquete los dedos están a punto de congelárseme. ¡Y sólo me pagan cinco miserables chelines al mes!
   -¿De qué te quejas? -le contestó una pasajera-. A mí el frío no me deja dormir por la noche. Las mujeres en este barco no reciben tantas mantas como los hombres. ¡No es justo!
   -¡Hijos de la gran chingada! -protestó un marinero mejicano-. Yo sólo cobro la mitad que los marineros anglosajones. Se necesita mucha comida para poder mantenerse caliente en este clima, y yo no estoy recibiendo la parte que me corresponde; a los anglosajones les dan más. Y lo peor de todo es que los oficiales siempre dan las órdenes en inglés en vez de en español.
   -Yo tengo más motivos para protestar que nadie -dijo un marinero que era descendiente de indios americanos-. Si los rostros pálidos no me hubiesen robado las tierras de mis antepasados, yo no estaría siquiera aquí, en este barco, en medio de icebergs y ventiscas árticas. Estaría remando en una canoa sobre la bella y plácida superficie de un lago. Merezco una compensación. El capitán debería, por lo menos, permitirme organizar una partidita para sacar algo de dinero.
   -Ayer el primer oficial me llamó “maricón” sólo porque chupo pollas -se quejó el contramaestre- ¡Tengo derecho a chupar pollas sin que me insulten por ello!
   -¡No sólo los humanos son maltratados en este barco -intervino una pasajera amante de los animales, con la voz estremecida por la indignación-, porque, la semana pasada, vi como el segundo oficial le daba un par de puntapiés al perro del barco!
   -¡Todo esto es espantoso! -exclamó frotándose las manos uno de los pasajeros, que era catedrático-, ¡Es inmoral! ¡Es racismo, sexismo, especismo, homofobia y explotación de la clase obrera! ¡Es discriminación!
   -¡Sí, sí! -gritaron los pasajeros.
   -¡Eso, eso! -gritaron los marineros-. ¡Es discriminación! ¡Tenemos que exigir nuestros derechos!
   -Ejem... -carraspeó el grumete-. Todos tenéis buenas razones para quejaros. Pero me parece que lo que realmente deberíamos hacer es lograr que el barco vire en redondo y ponga rumbo al sur, ya que si continuamos yendo hacia el norte tarde o temprano acabaremos hundiéndonos irremediablemente. Y entonces vuestros sueldos, vuestras mantas y vuestro derecho a chupar pollas no os servirán de nada, porque nos ahogaremos todos.
Pero nadie le prestó atención, pues no era más que un grumete.
   El capitán y los oficiales, desde el puente en el castillo de popa, habían estado observando y escuchando. Ahora sonreían y se lanzaban guiños entre sí. Y a una señal del capitán, el tercer oficial bajó del castillo de popa, se acercó con calma adonde estaban reunidos los pasajeros y los marineros y se abrió paso entre ellos. Puso una cara muy seria y habló como sigue:
   -Los oficiales hemos de admitir que en este barco han estado sucediendo ciertas cosas inexcusables. No nos habíamos dado cuenta de la gravedad de la situación hasta que hemos oído vuestras quejas. Somos gente de buena voluntad y queremos ayudaros. Pero, ya sabéis..., el capitán es bastante conservador y sigue en sus trece. Así que puede que haya que darle un pequeño empujoncito para lograr que acepte hacer cualquier cambio sustancial. Mi opinión personal es que si protestáis vigorosamente -aunque siempre de forma pacífica y sin infringir ninguna de las normas del barco- conseguiréis sacar al capitán de su inercia y forzarle a tener en cuenta vuestras justas quejas.
Dicho esto, el tercer oficial se dirigió de vuelta al castillo de popa. Mientras se alejaba, los pasajeros y los marineros le gritaban:
   -¡Moderado! ¡Reformista! ¡Cobarde liberal! ¡Lameculos!
Pero de todos modos hicieron lo que les dijo. Se juntaron en pelotón frente al castillo de popa, lanzaron insultos contra los oficiales, y exigieron sus derechos:
   -¡Quiero un aumento de salario y mejores condiciones laborales!- gritó el veterano marinero.
      -¡Igual número de mantas para las mujeres que para los hombres!- chilló la pasajera.
      -¡Quiero que me den las órdenes en castellano!- exclamó el marinero mejicano.
      -¡Quiero tener derecho a organizar una partida!- clamó el marinero indio.
      -¡No quiero que me llamen maricón!- vociferó el contramaestre.
      -¡No más patadas al perro!- gritó la amante de los animales.
      -¡Revolución ya!- dijo el catedrático.
El capitán y los oficiales se reunieron y pasaron unos minutos deliberando, mientras se hacían guiños, asentían y se sonreían mutuamente. Entonces el capitán dio unos pasos hacia el frente del castillo de popa y dando grandes muestras de benevolencia, anunció que el sueldo del marinero veterano sería aumentado a seis chelines mensuales; que el sueldo del marinero mejicano sería aumentado hasta dos tercios del sueldo de un marinero anglosajón y que la orden de arriar el trinquete le sería dada en español; que las pasajeras recibirían una manta más; que al marinero indio se le permitiría organizar una partida las noches de los sábados; que el contramaestre no sería llamado maricón siempre y cuando mantuviese estrictamente en privado su afición a chupar pollas; que el perro no recibiría puntapiés a menos que hiciese algo realmente condenable, como por ejemplo robar comida de la cocina del barco.
   Los pasajeros y los marineros celebraron estas concesiones como una gran victoria, pero a la mañana siguiente de nuevo se sentían insatisfechos.
   -Seis chelines al mes es una miseria, y todavía se me hielan los dedos cuando arrío el trinquete -refunfuñó el viejo marinero.
   -Aún no recibo la misma paga que los anglosajones, ni suficiente comida para este clima -dijo el marinero mejicano.
   -Las mujeres aún no tenemos suficientes mantas para mantenernos calientes -dijo la pasajera.
Los otros pasajeros y marineros expresaron quejas similares, y el catedrático les incitaba.
   Cuando al fin se callaron, el grumete habló, más alto esta vez para que los demás no pudiesen ignorarle tan fácilmente:
   -Es realmente terrible que el perro reciba patadas por robar un mendrugo de pan de la cocina; y que las mujeres no tengan tantas mantas como los hombres; y que al marinero más experimentado se le congelen los dedos; y no veo porqué el contramaestre no debería chupar pollas si le gusta hacerlo. Pero, ¡mirad lo grandes que son ya los icebergs, y cómo el viento sopla cada vez más fuerte! ¡Hemos de poner el barco rumbo al sur, porque si seguimos yendo al norte naufragaremos y nos ahogaremos!
   -¡Oh, sí!- dijo el contramaestre-. Es verdaderamente espantoso que sigamos dirigiéndonos al norte. Pero, ¿por qué he de mantener en el armario mi afición a chupar pollas? ¿Por qué han de llamarme maricón? ¿No valgo lo mismo que cualquier otra persona?
   -Navegar hacia el norte es terrible -dijo la pasajera-. Pero, ¿no ves?, esa es precisamente la razón por la que las mujeres necesitamos más mantas para mantenernos calientes. ¡Exijo igual número de mantas para las mujeres ya!
   -Es bien cierto -dijo en catedrático-, que navegar hacia el norte está acarreándonos grandes privaciones a todos nosotros. Pero cambiar de rumbo y dirigirnos al sur es irrealista. No se puede dar marcha atrás a la historia. Hemos de encontrar una forma madura de hacer frente a esta situación.
   -Mirad -dijo el grumete-, si dejamos que esos cuatro chalados del castillo de popa sigan gobernando el barco, nos ahogaremos todos. Si lográsemos poner el barco a salvo, entonces podríamos preocuparnos de las condiciones laborales, las mantas para las mujeres y el derecho a chupar pollas. Pero para eso antes hemos de cambiar el rumbo de este buque. Si algunos de nosotros nos juntásemos, hiciésemos un plan y mostrásemos un poco de coraje, podríamos salvarnos. No haría falta que fuésemos muchos. Seis u ocho bastarían. Podríamos asaltar el castillo de popa, echar a esos lunáticos por la borda y dirigir la nave al sur.
   -No creo en la violencia. Es inmoral -dijo severamente el catedrático alzando la barbilla.
   -El uso de la violencia es siempre contrario a la ética -dijo el contramaestre.
   -Me aterra la violencia -dijo la pasajera.
Mientras, el capitán y los oficiales habían estado observándolo y escuchándolo todo. A una señal del capitán, el tercer oficial bajó a cubierta. Se paseó entre los pasajeros y los marineros, diciéndoles que aún había muchos problemas en el barco.
   -Hemos hecho grandes progresos- dijo-, pero aún queda mucho por hacer. Las condiciones laborales del marinero más veterano aún son duras, el marinero mejicano aún no cobra lo mismo que los anglosajones, las mujeres todavía no reciben las mismas mantas que los hombres, la partida que organiza el indio la noche de los sábados es una pobre compensación por la pérdida de sus tierras, es injusto que el contramaestre tenga que mantener en el armario su afición a chupar pollas, y el perro aún recibe patadas algunas veces. Creo que el capitán necesita otro empujoncito. Sería conveniente que todos vosotros hicieseis otra manifestación de protesta. Siempre y cuando ésta sea noviolenta.
Mientras el tercer oficial caminaba de vuelta hacia la popa, le lanzaban insultos, pero de todos modos hicieron lo que dijo y se juntaron en frente del castillo de popa para realizar otra protesta. Despotricaron y blandieron sus puños, e incluso tiraron al capitán un huevo podrido (el cual esquivó hábilmente).
  Tras oír sus quejas, el capitán y los oficiales se juntaron en una reunión, durante la cual se lanzaron continuamente guiños y sonrisas unos a otros. Después el capitán se aproximó al borde del castillo de popa y anunció que el viejo marinero recibiría un par de guantes para que no se le enfriaran los dedos; que el marinero mejicano recibiría un sueldo correspondiente a las tres cuartas partes del sueldo de un marinero anglosajón; que las mujeres recibirían otra manta más; que el marinero indio podría organizar una partida la noche de los sábados y otra la de los domingos; que al contramaestre se le permitiría chupar pollas en público una vez hubiese anochecido; y que nadie daría puntapiés al perro sin antes tener el permiso del capitán.
   Los pasajeros y los marineros quedaron encantados con esta gran victoria revolucionaria, pero a la mañana siguiente de nuevo se sentían insatisfechos y comenzaron a refunfuñar y a quejarse otra vez.
   El grumete ya estaba harto.
   -¡Malditos imbéciles!- gritó-. ¿Es que no veis lo que el capitán y los oficiales están haciendo? Os mantienen entretenidos con vuestras triviales protestas acerca de los sueldos, las mantas y las patadas al perro, de modo que no penséis acerca del verdadero problema de este barco: está yendo cada vez más al norte y nos vamos a ahogar todos. Si al menos unos pocos de vosotros recuperaseis la cordura, nos uniríamos y asaltaríamos el castillo de popa, podríamos cambiar el rumbo del barco y salvarnos. Pero todo lo que hacéis es gimotear a causa de ridiculeces como las condiciones laborales, las partidas o el derecho a chupar pollas.
   -¡Ridiculeces!- exclamó el mejicano-. ¿Crees que es razonable que yo reciba sólo las tres cuartas partes del sueldo de un marinero anglosajón? ¿Es ridículo quejarse de eso?
   -¿Cómo puedes llamar ridiculez a mi problema?- gritó el contramaestre-. ¡No sabes lo humillante que es que te llamen maricón!
   -¡Dar patadas al perro no es ninguna “ridiculez”!- chilló la amante de los animales-. ¡Es despiadado, cruel e inhumano!
   -Vale, está bien- respondió el grumete-. Estos problemas no son ridiculeces. Patear al perro es cruel e inhumano y es humillante que a uno le llamen maricón. Pero en comparación con nuestro verdadero problema, en comparación con el hecho de que el barco se dirige al norte, vuestros asuntos resultan ridículos, porque si no cambiamos cuanto antes el rumbo de esta nave nos vamos a ahogar todos.
   -¡Fascista!- exclamó el catedrático.
   -¡Contrarrevolucionario!- dijo la pasajera.
Y todos los pasajeros y marineros reaccionaron uno tras otro llamando fascista y contrarrevolucionario al grumete. Le empujaron a un lado y volvieron a refunfuñar y gimotear a causa de sus sueldos, de las mantas de las mujeres, del derecho a chupar pollas y de cómo se trataba al perro. El barco siguió navegando rumbo al norte y al poco  tiempo chocó contra un iceberg y todos se ahogaron.




[1] Traducción de “Ship of Fools” a cargo de Último Reducto a partir del manuscrito original en inglés cedido por el autor. Copyright del original © 1999, Theodore John Kaczynski. Copyright de la presente traducción al español © Último Reducto, 2017. 

martes, 6 de junio de 2017

EL MITO DE ERK

EL MITO DE ERK[1]           
Cuenta la historia que al principio, cuando La Gran Fuerza que da forma al mundo hizo surgir a los primeros animales, uno de ellos llamado Erk, tras observar las cosas que sucedían a su alrededor, se dirigió angustiado a la Gran Fuerza y le lanzó estas preguntas: “¿Por qué ha de ser todo tan duro, tan difícil, tan doloroso...? ¿Por qué es necesario que unos sufran y mueran para que otros vivan? ¿Por qué hemos de luchar unos contra otros? ¿Por qué hay que invertir tantos esfuerzos para conseguir lo necesario para poder seguir viviendo? ¿Por qué no hiciste un mundo más sencillo, más fácil, donde todo fuese más accesible, cómodo y agradable? ¿Qué sentido tiene tanto sufrimiento, tanta incomodidad, tanta muerte?”.  
La Gran Fuerza sabía la respuesta, pero también sabía que Erk sólo la entendería mediante la experiencia directa. Por eso, tras escuchar las quejas de Erk, y aunque La Gran Fuerza sabía que no se había equivocado al diseñar el Mundo, lo cambió para que Erk y su compañeros descubriesen por sí mismos el sentido de las cosas.        
En un primer momento La Gran Fuerza pensó que con unos pequeños cambios bastaría para que se diesen cuenta de la verdad. Así pues, suavizó las condiciones de vida de los seres vivos: moderó el clima para que fuera más benigno para la vida; facilitó el acceso al alimento a los animales; evitó las muertes de los individuos más jóvenes; redujo el número de accidentes, enfermedades y catástrofes así como el sufrimiento que habían de soportar las víctimas... Pero Erk y sus compañeros, tras un breve periodo de euforia, comenzaron de nuevo a quejarse de que en esa nueva versión del Mundo seguía habiendo dolor, de que aún existía la muerte, de que era todavía un mundo hostil, un lugar demasiado duro y difícil para la vida.            
Al ver esto, La Gran Fuerza decidió actuar de forma drástica para abrir los ojos a Erk y sus compañeros. Desde ese momento, todo fue fácil, cómodo, sencillo y agradable. Nadie sufría ni moría, ni necesitaba esforzarse por conseguir lo necesario para vivir. Aquello que se necesitaba se obtenía al instante, sin esfuerzo. Tampoco había que estar alerta ya que no había peligros de los que protegerse, ni daños que temer. No había conflictos ni agresiones ni enfrentamientos de ningún tipo entre los animales, ni entre éstos y su entorno. El mundo estaba en paz. Parecía maravilloso.
Pero tras la alegría inicial, comenzó a surgir un nuevo sentimiento muy desagradable, síntoma de un gran problema allá donde no había problemas, un profundo malestar en medio de aquél
bienestar: el aburrimiento. Debido a la falta de motivación, de iniciativa, de metas, de alicientes, de retos, de actividades..., a causa de la indolencia imperante en esas condiciones idílicas, los animales se aburrían. Como no necesitaban esforzarse por nada, preocuparse por nada... no tenían nada que mereciese 1a pena, no tenían nada que hacer, nada que les motivase, que les empujase a levantarse de su sopor y actuar. Pero, sin embargo, seguían siendo animales y por eso sentían en su interior una imperiosa necesidad de actuar. Y por tanto, resultó que al poco tiempo, los animales estaban tan aburridos y asqueados de ese estado de inactividad que, con tal de poder hacer algo y desfogar su instintiva necesidad de acción, comenzaron a desarrollar conductas absurdas y que nada tenían que ver con las que en un principio desarrollaban antes de que Erk hablase con La Gran Fuerza. Como tenían todo lo que necesitaban comenzaron a desear otras cosas que no necesitaban sólo para poder actuar y esforzarse en conseguirlas. Comenzaron así a construir, destruir, excavar, comer, copular, correr, agredirse… de forma compulsiva y frenética y, como consecuencia, muchos vieron seriamente entorpecida su capacidad de actuación, sufrieron daños graves y alteraron profundamente su hábitat; pero no dejaron de comportarse así, ya que, sencillamente, preferían sufrir todas esas consecuencias antes que soportar el aburrimiento de no tener nada que hacer; al menos esos efectos negativos les proporcionaban estímulos y sensaciones que mantenían en funcionamiento sus cuerpos y mentes y les servían a su vez de impulso para actuar de nuevo con la excusa de intentar paliarlos.         
Al ver todo aquello, Erk finalmente comprendió. Volvió a dirigirse a La Gran Fuerza y le dijo: “He entendido cual era el sentido del mundo tal y como lo creaste en un principio. He entendido que así debe ser y no del modo que a mí me parecía más agradable, porque realmente ese es el mejor modo en que puede ser. He comprendido que cuando yo no le veía sentido a ese mundo era a causa de mi propia debilidad e ignorancia, a que no miraba de la forma adecuada ni pensaba correctamente. Me he dejado arrastrar por un espejismo y he renegado de lo que realmente soy y del mundo al que realmente pertenezco. Ahora lo sé, soy más fuerte y jamás volveré a caer en ese error. Gracias, he aprendido la lección, pero ahora, por favor, devuelve el mundo a su ser original
Viendo que ya había logrado su objetivo, La Gran Fuerza hizo que todo volviese a ser como al principio.
Así fue como Erk entendió cual era su lugar en el mundo y en la vida, así como el sentido de los mismos. Desde entonces, los animales salvajes mantenemos vivo el recuerdo de aquel suceso, generación tras generación para que, como Erk, recordemos cuál es nuestro lugar y nuestra función y no caigamos en su mismo error.           
Y aun así, a pesar de todo, muchos seres humanos han olvidado completamente la historia de Erk y viven cegados por su mismo error, tratando de crear el Paraíso y hundiéndose, ellos y el mundo, cada vez más en el Infierno.



[1] Cuento extraído de Historias desde el Lado Oscuro (E=m.c2,2004). © 2004, E=m.c2.


Versión en inglés: The Myth of Erk

miércoles, 24 de mayo de 2017

LAS TERMITAS

LAS TERMITAS [1]   
Soy una termita.          
Mucho antes de que yo naciese, las termitas ya vivían en el Árbol Viejo. Según cuentan, al principio eran unos pocos insectos en un roble de varios metros de perímetro y muchos más de altura.
Hoy en día somos miles de millones de termitas. Estamos distribuidas a lo largo de la práctica totalidad del tronco y las ramas. Nuestra sociedad crece exponencialmente, cada generación más y más rápido. Y todo gracias a la rica madera del Árbol Viejo.
Este constante progreso hace que, en general, en el termitero se mantenga un ambiente de optimismo y alegría que a su vez favorece aún más el buen funcionamiento, organización y crecimiento de la colonia. Y sin embargo, en el fondo, ninguna termita está realmente satisfecha.
Algunas llevan ya generaciones diciendo que el Árbol Viejo pertenece a las obreras y que son ellas las que deben administrarlo, o incluso disfrutar de él en exclusiva. Dicen que el problema es que la reina, la corte y los soldados son parásitos que viven a costa de las obreras y que acumulan serrín mientras las obreras pasan hambre.  
Pero yo que conozco bien a estas quejicas sé que en realidad sólo las mueve la envidia y el odio debidos a la frustración por no poder hacer ellas otro tanto.           
Yo también pienso que la reina, la corte y los soldados son parásitos innecesarios, pero también sé que no son más que una pequeña parte del verdadero problema, o mejor dicho, una mera consecuencia del mismo.
Sé que aunque las obreras no puedan comer la mejor madera, ni acumular tanto serrín como las clases altas, prácticamente todas ellas aspiran a poder hacer lo mismo; sueñan con conseguirlo, y la mayoría viven relativamente “felices” y “contentas” mientras les permitan trabajar para intentarlo.
Sé que, en el fondo, la inmensa mayoría de los miles de millares de insectos que forman la colonia tiene una misma idea, una misma meta: comer y acumular más y mejor madera (mucha más de la necesaria). Aunque eso signifique que, como no hay suficiente para acumular todas, muchas se quedarán sin ver satisfecho su sueño, y que, de entre éstas, muchas protestarán y echarán la culpa a quienes consigan acumular más (que, por cierto, nunca será suficiente para ninguna de ellas).         
Pero el problema real es precisamente ese afán imparable de crecer y reducir el tronco y las ramas del Árbol Viejo a virutas utilizables por la colonia. Están todas tan cegadas por las ansias de prosperar en su acumulación que no son capaces de ver lo que está pasando: el Árbol Viejo se está muriendo. Sus últimas partes vitales están viéndose afectadas por la actividad constante y creciente del termitero.     
Cuando llegamos al Roble, cuentan las crónicas, vivían, en él muchos otros seres. Su tronco y ramas albergaban toda clase de seres vivos, nosotros éramos una especie más.
Pero en algún momento la situación comenzó a cambiar. Algunos termiteros comenzaron a ser muy grandes y a establecer una red de colonias a lo largo del tronco. Necesitaban espacio y alimento y comenzaron a expulsar y a exterminar a otras especies que vivían en el Árbol. A algunas las hicieron esclavas y las aprovecharon para prosperar y acumular más. No corrieron mejor suerte algunas pequeñas colonias de termitas que vivían al margen de la red de termiteros en las zonas más alejadas del tronco.
Para que la red de colonias no se viniese abajo fueron necesarios no sólo un crecimiento y expansión constantes de la misma a otras partes del Árbol aun no colonizadas, sino que a la vez hubo que ir estructurando y regulando progresivamente la vida de los insectos que formaban parte de ella. Así se llegó a la actual forma de organización social en clases y subclases (reina, corte, soldados y obreras), y a la programación ideológica basada en la prosperidad como meta incuestionable, es decir, en considerar que el sentido natural de la existencia de las termitas es y debe ser trabajar para poder comer y acumular más de lo necesario.      
Así, poco a poco, la red de termiteros se fue haciendo más compacta, hasta ser lo que es hoy en día: una monstruosa colonia única que abarca la práctica totalidad del Árbol Viejo.
Pero todo este crecimiento, este progreso, se ha construido a costa, no ya del exterminio, la esclavitud y la imposición de una determinada forma de pensamiento, acción y organización social, sino también a costa de la colonización y reducción del Árbol Viejo a serrín y estiércol.           
Algunas termitas parecen haberse dado cuenta de este problema, pero esta impresión no suele ser más que un mero espejismo.
Unas, siguiendo la línea de sus abuelas, culpan en exclusiva a la reina, la corte y los soldados de la esquilmación del Árbol Viejo, olvidando que la colonia, y la destrucción que ésta acarrea, está siendo mantenida y desarrollada por el trabajo y el consumo de las propias obreras, y que prácticamente ninguna de las obreras del cada vez mayor centro de la colonia trabaja sólo para comer y mantenerse viva, sino que casi todas (incluidas estas “descontentas”) comparten con los nobles y soldados el irrefrenable deseo de comer más de lo necesario y acumular todo lo posible.       
Otras no culpan a nadie; sólo piden a las clases dirigentes del termitero que tomen medidas para evitar la destrucción. Y, por supuesto, entre petición y petición, siguen trabajando para poder comer y acumular más y más serrín y virutas.
Y también casi todas ellas, tanto las que quieren más pero no pueden, como las que exigen medidas (a veces son las mismas), no se plantean ni por un momento que la Colonia deba dejar de crecer, que el verdadero problema, del que derivan el resto, es que hemos creado una sociedad de insectos, demasiado grande y exigente para nuestra verdadera forma de ser y para la salud y el tamaño limitado del Árbol Viejo.
A medio camino entre las nobles y las obreras, está la casta de las ingenieras, que constantemente plantean soluciones técnicas a los problemas para poder continuar con el desarrollo de la colonia.
Entre éstas cada vez, hay mas que creen posible llegar a un equilibrio entre el crecimiento de la colonia, el mantenimiento de las condiciones de habitabilidad en el termitero y la conservación del Árbol Viejo. Llaman al conjunto de sus teorías “crecimiento mantenible”, y dicen estar poniéndolas en práctica ya. Hablan de recuperar los desechos de la colonia y de mantener (e incluso incrementar) la producción de serrín y viruta controlando y dirigiendo artificialmente el crecimiento del Roble, siempre eso sí, sustituyendo la madera, las ramas, las hojas... originales por nuevos materiales renovables. Y para conseguir esto ingenian métodos de lo más diverso, pero jamás plantean reducir verdaderamente al mínimo el consumo de madera ni parar e invertir el crecimiento de la colonia.
En realidad sus métodos de renovación y sostenibilidad no sirven para salvar lo que queda del Árbol Viejo (ni tampoco lo pretenden realmente), sino sólo para ocultar su destrucción y perpetuar el desarrollo de la colonia.     
Incluso, muchas ingenieras plantean y estudian la posibilidad de extender la colonia a otros árboles, algunos de ellos tan lejanos que apenas podemos verlos desde aquí, o incluso de crear “árboles” artificiales, termiteros en medio de la nada, a los que enviar la población excedente. Y todo esto, a la vez que hablan de rediseñar nuestra especie (y otras) para adaptarla a las condiciones de esos nuevos entornos allí, o del propio entorno degradado de lo que queda del Viejo Árbol aquí.
Las ingenieras son una casta increíble; son capaces de presentar, estudiar y trabajar seria, fría y metódicamente las ideas más inverosímiles, disparatadas, abominables y alucinantes de tal modo que parezca, no sólo que son sensatas y que tienen fundamento, sino que son lo ideal, lo más deseable, lo mejor que podemos y debemos intentar lograr. Y hasta ahora han conseguido que el termitero siga creciendo. Por eso, el resto de las termitas, desde las nobles a las obreras, y desde las más “felices” con su situación a las más descontentas, tiene a las ingenieras en gran estima y confía en ellas, tomando sus teorías y proyectos como referente y modelo a seguir, y como fuente de la que obtener la esperanza necesaria para seguir lanzándose con energía y alegría a desarrollar el termitero y a acumular más serrín.
Pero casi ninguna termita se para a reflexionar en serio acerca del precio de todo ese progreso. De hecho, la inmensa mayoría cree que no tiene precio, que sólo aporta ventajas a la hora de acumular viruta. Pero algunas sabemos que no es así, y que el precio que se ha pagado, se esta pagando y se pagará, es muy superior en realidad a las presuntas ventajas que se supone nos aporta. 
La colonia es ya lo único, el único mundo que queda para las termitas que vivimos hoy. El Árbol, del que un día fuimos una minúscula parte, es hoy un mero apéndice de la colonia; pronto puede que ni eso.
Y sin embargo, las termitas de hoy seguimos siendo básicamente como aquellas primeras termitas que vivían al principio en el Árbol Viejo, cuando aún no había un único termitero (ni siquiera una red de grandes colonias) que lo ocupase en su totalidad, sino unos cuantos termiteros pequeños distribuidos por todo el Árbol, el cual compartían con otros muchos seres. Y es por esto por lo que sentimos que algo nos falta: por eso no estamos nunca realmente satisfechas; y por eso sentimos que necesitamos crecer, comer, acumular... porque actuar así acapara nuestra atención y nos evita tener que afrontar lo que realmente somos, lo que realmente necesitamos, en que nos hemos convertido y en que hemos transformado el Árbol del cual siempre hemos sido y seremos parte.       
Yo que sé todas estas cosas, como también en el fondo las saben todas las demás termitas, soy una de las pocas que (aún no acabo de saber por qué) sí se han parado a pensar seriamente acerca de ellas. En la actualidad nadie quiere oír lo que esas pocas tenemos que decir. Nadie quiere recordar. Nadie quiere enfrentarse al dogma del crecimiento. Están todas ocupadas en cosas más importantes, según dicen. No tienen tiempo. Y cuando lo tienen no quieren agobiarse con esas preocupaciones tan “ridículas”; prefieren otras más ridículas aún, como, por ejemplo, tratar de crecer y acumular, mantener el crecimiento a toda costa o protestar porque no pueden crecer y acumular tanto como otras. Y todo esto para no tener que pararse a pensar en lo que os acabo de contar.    
De todos modos, no os preocupéis, vosotros sois seres humanos y esto sólo son problemillas de insectos.





[1] Cuento extraído de Historias desde el Lado Oscuro (E=m.c2,2004,); © 2004, E=m.c2.

sábado, 13 de mayo de 2017

LA OVEJA NEGRA Y EL LOBO

LA OVEJA NEGRA Y EL LOBO[1]
Libertia era una oveja joven pero, al contrario que las demás ovejas del rebaño, ella había nacido de color negro. Y el color era sólo una de sus peculiaridades.
Su carácter era también diferente del de las ovejas blancas. No era tan dócil como sus compañeras. No bajaba la cabeza y se apretujaba contra las demás a la hora de la siesta, ella prefería dar paseos por las inmediaciones en lugar de quedarse amodorrada. Y a la hora de moverse con el rebaño, ella solía adelantarse o quedarse rezagada, o bien salirse de la vereda, haciendo que el pastor y los perros se irritasen y tuviesen que estar siempre corriendo detrás de ella para devolverla a la cañada. Y al volver al redil, al, anochecer, ella era siempre la última y se hacía la remolona de tal modo que el pastor solía tener que amenazarla a gritos blandiendo la cayada y hacerla entrar a empujones y patadas. A veces, se revolvía contra el pastor o los perros y amenazaba con darles un testarazo; e incluso alguna vez lo había hecho. Otras veces, si el pastor se despistaba, se le cagaba y meaba encima de la manta y del morral. Y, con frecuencia, cuando estaba con el resto del rebaño y se aburría, pensaba acerca de las cosas y trataba de explicar a las otras ovejas que era una injusticia que a ellas el pastor no las tratase tan bien como trataba a sus otros animales; que no las acariciase como hacía con los perros que no las diese nada de comer más que la hierba que encontraban en el campo al, contrario que hacía la familia del pastor con el ganado vacuno, al que daban heno y cebada; que no las llevase de paseo al pueblo como hacía con la burra... Y al oírla las otras dejaban de pacer por un momento, levantaban la cabeza, la miraban inexpresivamente y
volvían a pacer, igual que hacían cuando, durante una tormenta, el monótono sonido de la lluvia era interrumpido por un trueno lejano.        
A causa de todos estos rasgos especiales, tan atípicos en una oveja, Libertia se veía a sí misma como una rebelde y se sentía afortunada porque pensaba que ella se había liberado de los prejuicios que a las demás ovejas les impedían ver. Creía que ella era realmente libre.     
Esto fue así hasta que un día, cuando el rebaño estaba en los pastos de verano de las tierras altas de las montañas y tanto las ovejas como el pastor y los perros sesteaban bajo el sol de finales de junio, Libertia, que estaba recorriendo los alrededores como tenía por costumbre, se topó con un animal extraño que estaba tumbado a la sombra de un gran roble. En principio lo tomó por un perro, pues su aspecto era tal, y tranquilamente intercambiaron saludos:
-¡Hola!
-¡Buenas!
-¿Estás vigilando algún rebaño por los alrededores?- preguntó Libertia.       
-De momento no. Por cierto, oveja, ¿no crees que estás un poco lejos de tu rebaño? Podrías perderte.
-No te creas- dijo la oveja ufana -Yo no soy una oveja convencional, soy una oveja negra, voy por libre.  
Al oír esto el desconocido soltó una carcajada que dejó al descubierto unas fauces llenas de afilados dientes y dos pares de grandes colmillos. Libertia al verlos se asustó y, de repente, cayó en la cuenta de que aquel animal parecido a un perro era lo que las ovejas más viejas y los perros del pastor llamaban “lobo”. Iba ya a salir corriendo cuando el lobo le dijo con una sonrisa:
-No huyas, no te voy a hacer daño. Acabo de comerme a una como tú hace un rato al otro lado de los montes. No tengo hambre aún.  
    Me has caído bien y por eso voy a enseñarte algunas cosas acerca de ti misma que tú no sabes.
Libertia, al ver que el lobo no se movía y que realmente no parecía tener intención de atacarla, se tranquilizó un poco y puso cara de interés.         
-¿Qué me puedes enseñar tú que yo ya no sepa?- le contestó.            
-Soy un lobo viejo, no lo olvides, y si de algo sé es de ovejas, porque he matado y devorado muchas en toda mi vida.      
-Vale, pero yo no soy una oveja normal, soy una oveja negra.
-Negra o blanca lo mismo da; en el fondo eres una oveja. Tú presumes de ser independiente, libre… pero no eres capaz de alejarte mucho del rebaño, de abandonarlo realmente, ¿me equivoco? ¿Has pasado algún tiempo lejos del rebaño tu sola? ¿Lo has intentado? ¿A que no? Ni siquiera se te ha pasado por la cabeza.
Miraba a Libertia con sus ojos rasgados de lobo y una mirada severa, y ella callaba y bajaba la mirada en un silencio más que elocuente.
-A ti te basta con darte un paseo durante la hora de la siesta, eso sí, sin perder a las demás ovejas ni al pastor y sus perros de vista; con salirte a la cuneta del camino cuando el rebaño se traslada, pero sin dejar nunca de acabar yendo a donde van todas las demás ovejas; y, en general, con darle un poco más de guerra y trabajo a los perros y a tu amo. Con eso te crees libre y rebelde, pero, en realidad, sigues siendo esclava, sigues formando parte de ese rebaño del que ni puedes ni quieres escapar, sigues siendo una oveja, rara y negra, pero oveja al fin y al cabo.           
    No eres ni un muflón, ni un corzo, ni un ciervo, ni un jabalí, ni una cabra montés, ni un zorro, ni un oso, ni cualquiera de los animales salvajes que habitamos estos montes y somos realmente libres.
    Nosotros despreciamos los cuidados y el afecto de los amos y la comodidad de una vida de esclavos y cautivos, y lo que apreciamos realmente es la vida libre y salvaje que llevamos aquí. Tú, sin embargo, no sabes ni puedes saber, lo que es la libertad, y envidias el pienso que tu amo da a sus vacas y las caricias y el aprecio que da a sus perros, porque eres tan esclava como ellos, y siempre lo serás, porque no eres más que una oveja que no quiere dejar de ser oveja y cree que es bastante con ser negra.           
    Has de saber que si el pastor aun no se ha desecho de ti y soporta tus extravagancias es porque le eres útil. Los rebaños con ovejas negras y blancas son más resistentes a las enfermedades que los rebaños con ovejas blancas solamente. Estos últimos, con el tiempo, tienden a degenerar y extinguirse. De hecho, al otro lado de las montañas, donde la ganadería está mucho más avanzada que aquí, los rebaños están compuestos en su mayoría por ovejas negras y grises porque la mezcla de ovejas de distintos colores para oscurecer el pelaje de sus descendientes asegura la futura salud, resistencia y producción del rebaño, aunque sea menos sencillo de manejar.
    Y ahora, vuelve con tus semejantes antes de que vuelva a tener hambre y me arrepienta de no haberte degollado.         
Y Libertia volvió al rebaño con la cabeza gacha. Y siguió siendo negra, claro está; y tampoco dejó de actuar de forma excéntrica de vez en cuando (al fin y al cabo era una oveja negra y no podía evitar ser un poco estrafalaria), pero no olvidó nunca la verdad de las palabras del lobo: las ovejas negras siguen sin ser más que ovejas, miembros del rebaño.





[1] Cuento extraído de Historias desde el Lado Oscuro (E=m.c2, 2004); © 2004, E=m.c2.  

miércoles, 10 de mayo de 2017

UN COMENTARIO ACERCA DEL VERTIDO DE PETRÓLEO EN EL GOLFO DE MÉXICO

UN COMENTARIO ACERCA DEL VERTIDO DE PETRÓLEO EN EL GOLFO DE MÉXICO. a



La mayoría de la gente culpa del desastre a British Petroleum, a la industria del petróleo o a las grandes corporaciones en general. Es cierto, por supuesto, que las multinacionales son codiciosas, despiadadas y deshonestas, y que la industria del petróleo, y British Petroleum en particular, tiene la responsabilidad inmediata de lo que está sucediendo en el Golfo de México.

Sin embargo, a medida que la tecnología moderna continúe progresando, se irán produciendo desastres artificialmente provocados, de un tipo u otro. La supervisión, por muy estricta que sea, nunca podrá evitar totalmente dichos desastres. No sólo porque siempre existirán la irresponsabilidad, la negligencia y los errores, sino también porque la introducción de una nueva tecnología inevitablemente acarrea consecuencias que nadie puede predecir de antemano, por muy cuidadosa y responsablemente que dicha introducción sea realizada[1]. Éste es el motivo de que los desastres habitualmente provengan de causas insospechadas. Y cuanto mayor sea el potencial aportado por la tecnología, mayores serán los desastres que se produzcan.[2]

Así que aunque la causa inmediata del desastre del Golfo de México es la negligencia por parte de British Petroleum, la causa subyacente es la propia tecnología moderna en sí. La gente comete el error de ver los problemas modernos de forma aislada: se produce un desastre en el Golfo de México, por tanto, hemos de ser más estrictos con las compañías petroleras; la tasa de depresión clínica continúa aumentando, por tanto, hemos de encontrar mejores terapias; el planeta se calienta, por tanto, hemos de desarrollar nuevas formas de producir electricidad; etc. Es necesario que la gente tenga en cuenta el hecho de que dichos problemas, y prácticamente la totalidad de los problemas más graves de los tiempos modernos, son consecuencias directas o indirectas del progreso tecnológico.[3] A medida que la tecnología avance, iremos quedando cada vez más atrapados por los problemas, y no nos libraremos de dichos problemas hasta que no nos deshagamos del sistema tecnológico en su conjunto. Si no nos libramos del sistema tecnológico, él se librará de nosotros, antes o después.

Ted Kaczynski
10 de junio del 2010.



Notas:

a Traducción de "A comment on the Oil Spill" a cargo de Último Reducto. Nota del traductor.
[1] Technological Slavery, Theodore John Kaczynski, Feral House, 2010, páginas 93 y 212. The Road to Revolution, Theodore John Kaczynski, Xenia, 2008, páginas 78-79, 177-178. [Las páginas citadas se corresponden con las páginas 119-120 y 73, respectivamente, de las siguientes ediciones en castellano: La Sociedad Industrial y Su Futuro,Ediciones Isumatag, en prensa y “La Revolución que Viene”, en Textos de Ted Kaczynski, Último Reducto (Ed.), 2005. N. del t.
[2] Technological Slavery, página 278. The Road to Revolution, página 236.
[3] Technological Slavery, página 268. The Road to Revolution, páginas. 224-225.

domingo, 30 de abril de 2017

ALGUNAS RESPUESTAS A UN ANARCOVEGANO

Hace ya varios años (2013) un anarquista vegano envió varios correos electrónicos a Último Reducto haciendo varias preguntas y críticas acerca de las ideas de Ted Kaczynski y de Último Reducto. A continuación se ofrece una adaptación de las repuestas dadas por Último Reducto a algunas de dichas preguntas y críticas que pueden resultar de interés para los lectores de este blog y servir, de momento, para aclarar ciertos aspectos acerca de las ideas tanto de Ted Kaczynski como de Último Reducto:
-   Preguntas cuáles son mis ideas respecto a “cosas como la civilización, las sociedades de masas, la tecnología, la decadencia de la humanidad, etc.”. Odio la civilización, las sociedades de masas y la tecnología moderna. Creo que somos una especie genéticamente adaptada por la evolución a vivir en pequeños grupos nómadas de cazadores-recolectores, por lo que no estamos en absoluto adaptados para vivir en sociedades grandes y complejas ni para cumplir con sus exigencias (cooperación, solidaridad y relación pacífica y amistosa con desconocidos, aglomeración poblacional, ruidos, excesivas normas de conducta y restricciones, exceso de comodidades, condiciones que generan la frustración de muchas necesidades psíquicas, etc.) y de ahí muchos de nuestros problemas actuales (especialmente los trastornos psicológicos y las conductas antinaturales cada vez más abundantes entre la población moderna). Otros muchos problemas son efectos inevitables del gran tamaño, de la complejidad y/o la propia naturaleza de la tecnología moderna y de la sociedad industrial que ésta mantiene: destrucción de ecosistemas salvajes, contaminación, interferencia en los mecanismos de autorregulación de los sistemas no artificiales, progresiva sustitución de dichos sistemas por sistemas artificiales (incluida la progresiva sustitución de los seres humanos por máquinas), etc. 
Pero igualmente odio la mayoría de las formas presuntamente rebeldes en que algunos pretenden estar combatiendo esta sociedad y sus problemas. Odio el humanismo (entendido como toda corriente que ensalce "lo humano", "la humanidad" -que normalmente confunde, no por casualidad, con "lo civilizado"-), ya que desprecia lo salvaje y antepone siempre "lo humano" al resto. Odio el progresismo, entendido como toda aquella corriente que defiende alguna noción de "progreso" (creencia en que el desarrollo es algo incuestionablemente bueno), ya que con sus buenas intenciones favorece la expansión del mal (el desarrollo del sistema tecnoindustrial). Y odio el izquierdismo, entendido como toda corriente que tenga como valores y objetivos fundamentales la igualdad, la solidaridad, la paz, la justicia, etc. (ejemplos: anarquismo, comunismo, socialismo, luchas por los derechos de grupos supuestamente oprimidos -mujeres, inmigrantes, homosexuales, animales, trabajadores, minorías étnicas, etc.-). El izquierdismo es la forma de humanismo más habitual hoy en día, ya que en realidad defiende valores beneficiosos para el mantenimiento y desarrollo del sistema tecnoindustrial. Y no sólo odio el izquierdismo porque defiende, de forma más o menos explícita, los valores y objetivos del propio sistema tecnoindustrial, sino porque está sirviendo de mecanismo para anular y desactivar la posible auténtica rebeldía en contra del sistema. Está atrayendo a gente potencial o realmente inquieta, rebelde y crítica que o bien acaba abrazando valores, ideas y objetivos que no son los verdaderamente suyos y que en realidad ayudan a aquello que en un principio querían combatir, o bien acaba frustrada y desencantada y deja de rebelarse. Por ello no me siento identificado con la mayor parte del ecologismo, ni con la mayor parte de quienes dicen cuestionar la sociedad industrial, el progreso y la tecnología moderna, ya que lo suelen hacer desde posicionamientos izquierdistas, humanistas e, irónicamente, progresistas. O, como mínimo, suelen tener tal cacao mental que mezclan valores correctos, como el respeto a la autonomía de lo Salvaje o el amor por la Naturaleza, con los valores y objetivos del sistema tecnoindustrial (los valores y luchas humanistas, progresistas e izquierdistas). 
-   Dices que no crees que un grupo reducido de personas puedan hacer el más mínimo daño al sistema tecnoindustrial. Es una pena que mucha de la gente que realmente odia el sistema tecnoindustrial crea que es imposible destruirlo y/o esté manifestando su muy justificada rebeldía de forma ciertamente ineficaz. Hasta cierto punto, precisamente esa actitud derrotista y esa desorientación en los valores y objetivos están dificultando mucho el surgimiento de un movimiento realmente rebelde y eficaz que pueda tener, llegado el momento, alguna opción de destruir el sistema. Si el sistema no se puede destruir, es en buena medida (aunque no sólo por eso) debido a que la mayoría de quienes deberían combatirlo no creen que sea posible y/o dedican sus esfuerzos a luchar por alcanzar los fines equivocados (fines compatibles con la supervivencia del sistema; o incluso beneficiosos para su mantenimiento y desarrollo). 
-   En cuanto a que la gente no va a entender lo que Ted Kaczynski dice y que los izquierdistas lo van a tergiversar en su contra, te diré lo siguiente (es mi opinión, aunque creo que Kaczynski te diría algo parecido con otras palabras). Lo importante no es lo que los izquierdistas o aquellos que se dejan influir por ellos digan de nosotros (de Ted Kaczynski o de Último Reducto, por ejemplo), sino que se mantengan alejados del potencial movimiento contra la sociedad tecnoindustrial que desearíamos que surgiese. Y para ello, está bien marcar claramente los límites e incluso dar un discurso incompatible con el izquierdismo que "espante" a los izquierdistas, aunque ello haga que nos odien y vilipendien (mejor eso que tenerlos "a favor", contaminando, absorbiendo y apropiándose de nuestro discurso). Quienes sean realmente inteligentes y válidos y no compartan los valores y la actitud izquierdistas siempre encontrarán el modo de no caer en las mentiras del izquierdismo (o de acabar desvelándolas y deshaciéndose de ellas) e incluso entrar en contacto con otros individuos similares y con sus ideas (como por ejemplo, con las de Kaczynski). Además, nuestro propósito no es llegar a cualquiera, a las masas, sino a aquellos individuos que podrían estar realmente interesados en nuestras ideas porque, en cierto modo, ya las comparten y han llegado a ellas por su cuenta, ya que sería entre esa minoría donde se hallarían los potenciales miembros de un movimiento realmente contrario al sistema tecnoindustrial. Lo peor que nos pueden llamar los izquierdistas no es sexistas, fascistas, racistas, homófobos, derechistas, etc. -eso lo hacen con cualquiera que no les siga la corriente-, sino "compañeros" (y muchos lo hacen; especialmente muchos anarquistas presuntamente contrarios al sistema tecnoindustrial pero fuertemente influenciados por ideas y valores izquierdistas, e incluso involucrados en luchas izquierdistas).
Por otro lado, acabar con el izquierdismo no es nuestro objetivo. Atacamos el izquierdismo sólo porque es un requisito imprescindible para tratar de mantener sano, centrado y eficaz el potencial movimiento contrario al sistema tecnoindustrial. El objetivo es destruir el sistema tecnoindustrial no el izquierdismo. A éste es suficiente con mantenerlo alejado de dicho movimiento.
-   En cuanto a lo que dices acerca de que la opinión de Ted Kaczynski en contra del veganismo y del movimiento por los derechos de los animales es equivocada, yo estoy de acuerdo con los argumentos de Ted, o sea que el veganismo ayudaría al sistema a sobrevivir y que la lucha contra la explotación de los animales desvía la atención y las energías del objetivo prioritario: acabar con la sociedad tecnoindustrial.
El veganismo (me refiero aquí sólo a la dieta vegana, que es la acepción más habitual de "veganismo", no al modo de vida vegano) es energéticamente más eficiente que el omnivorismo. Es pura termodinámica. Si se eliminan eslabones en la cadena trófica, se reducen las pérdidas de energía, es decir, aumenta la eficacia en el aprovechamiento energético del alimento. Esto quiere decir que si todo el mundo se hiciese vegano se ahorraría mucho alimento, y con ello mucha de la energía y materiales necesarios para producirlo. O dicho de otro modo (y mejor dicho), al desviar o sustituir para el consumo humano directo el alimento que ahora se cultiva para alimentar a los animales de granja, se podría alimentar a mucha más gente con el mismo gasto de energía y materiales. Esto no lo digo sólo yo, ni ciertos científicos, lo dicen la mayoría de los propios veganos (es uno de sus principales argumentos, aparte de los motivos éticos). Es decir, la generalización del veganismo ayudaría a la sociedad tecnoindustrial a ahorrar energía y materiales, o más bien, a usarlos más eficientemente para poder así mantenerse e incluso crecer. Y de hecho, cada vez se escuchan más voces en los medios reivindicando la generalización de una dieta vegetariana (e incluso vegana) en base a este argumento. Y si alguna vez el vegetarianismo, o incluso el veganismo, se generaliza, lo hará por este motivo (porque las circunstancias de escasez y superpoblación obliguen a la sociedad tecnoindustrial a adoptarlo para poder sobrevivir; algo que, en gran medida, ya pasó en la India hace miles de años), no por motivos éticos (éstos podrían ser usados después para justificar y mantener ideológicamente dicha adopción -esto es lo que las sociedades hacen siempre con la moral-, pero es muy poco probable que la provocasen por sí mismos).
Dices que es más importante y prioritaria la abolición de la esclavitud de los animales que la eliminación del sistema tecnoindustrial. Discrepo profundamente. Y no porque crea que la esclavitud de los animales no es algo que esté mal, sino por los dos siguientes motivos meramente prácticos: 
+ Si el sistema tecnoindustrial sigue adelante llegará un momento en que no quede prácticamente nada sin dominar, pervertir o destruir en este planeta. Si el sistema sigue adelante llegará un momento en que hablar de la libertad (de los animales no humanos o de los seres humanos) carezca de sentido, porque será imposible vivir libres en semejante mundo hipertecnologizado. Los ecosistemas salvajes habrán desaparecido completamente, junto con muchas de las especies que los componen. ¿Dónde podrán vivir libres los animales en dicho mundo? Las personas (y con ellas probablemente los animales domésticos) serán completamente dependientes de la tecnología moderna para mantenerse vivos, en caso de que aún no hayan sido sustituidos completamente por máquinas. ¿Cómo podrán ser libres en esas circunstancias? La libertad depende de que las circunstancias la hagan posible, por eso es más importante y urgente tratar de evitar que las circunstancias que la hacen posible desaparezcan completa y definitivamente en un futuro que tratar de liberar a los individuos (humanos o no) ahora.
+  Perseguir fines loables pero imposibles nos desvía de fines que sí son posibles (y no menos loables). Destruir el sistema tecnoindustrial (y con ello asegurar que seguirán existiendo condiciones que permitan la libertad de al menos algunos animales, humanos o no) es factible (luego vuelvo con esto), liberar definitivamente a todos los animales no. No digo que no sea un fin deseable, digo que es imposible. Al menos mientras existan seres humanos[1] existirán animales esclavos. Los seres humanos no van a abandonar unánimemente la domesticación de animales. Siempre habrá gente (probablemente la mayoría) que la practique si tiene la ocasión y las circunstancias lo favorecen. La única posibilidad de evitarlo sería la instauración de una especie de dictadura a nivel mundial que prohibiese la esclavitud de los animales e implantase unas férreas vigilancia y represión y una continua e intensa propaganda para evitar que la gente practicase la domesticación de animales en cualquier lugar del planeta. Esto último es muy poco probable que llegue a suceder (¡por suerte!). E incluso, si llegase a suceder, supondría el mantenimiento de la sociedad tecnoindustrial, ya que sería imposible mantener semejante aparato represivo y propagandístico mundial sin una tecnología compleja
Además de lo dicho, tengo algunas otras razones mías propias (y creo que sensatas) para no comulgar ni con el veganismo ni con la mal llamada "liberación animal". Y quede claro que creo que los animales deberían ser libres y salvajes (precisamente por esto no comulgo con dichas corrientes y movimientos).
Mis otros motivos para no comulgar con el veganismo ni con el movimiento por los derechos de los animales ni con la, habitualmente mal llamada, "liberación animal" son:
+  No creo que el veganismo signifique automáticamente mejor salud en todos los casos. Somos omnívoros (cazadores-recolectores) por naturaleza (lo de que somos veganos por naturaleza es uno de los muchos mitos de la propaganda vegetariana), lo cual hace que podamos adaptarnos a muchas formas de dieta, desde las basadas casi estrictamente en alimentos vegetales hasta las basadas estrictamente en alimentos animales. Pero adaptarse a unas condiciones es una cosa y otra muy distinta es que esas condiciones sean las adecuadas u óptimas. Además, somos muy diversos a nivel individual y unos individuos se adaptan y reaccionan mejor que otros a las mismas condiciones. En el caso del veganismo, hay de todo. A alguna gente parece no causarles problemas de salud y a otros, sin embargo, prácticamente los mata (yo he conocido de cerca casos de desnutrición grave en personas que seguían la dieta vegana correctamente). Eso sin contar con que en un mismo individuo que tolere el veganismo, el estado físico es mejor con una dieta omnívora sana y variada que con una dieta vegana (puede estar sano y relativamente fuerte siendo vegano pero, en igualdad del resto de condiciones, siendo omnívoro estará aun mejor). Es decir, que la adopción generalizada del veganismo no mejoraría la salud de la población en general, sino que, en muchos casos, la empeoraría. De hecho, sospecho que, en el caso de muchos veganos, si no se producen más problemas de desnutrición es porque consumen productos alimenticios de origen industrial (proteína sintetizada a partir de la soja, alimentos exóticos, alimentos enriquecidos artificialmente con vitaminas y otros nutrientes, suplementos de vitaminas en pastillas o inyectados, etc.), es decir, su dieta es tan artificial o más que la del resto de la población. Una dieta vegana exclusivamente basada en alimentos no tratados industrialmente, cultivados en el entorno cercano y según la temporada, sin suplementos ni aditivos nutricionales, probablemente sería inviable en muchos casos y en muchas zonas del planeta. Y si para mantener la salud de la población vegana hace falta incluir suplementos nutricionales industrialmente producidos o alimentos exóticos y producidos de manera industrial, entonces el veganismo es dependiente de la tecnología moderna, no incompatible con ella. No veo claro que la adopción generalizada del veganismo llevase necesariamente a la eliminación del sistema tecnoindustrial, sino más bien al contrario (incrementaría la dependencia del mismo). E incluso dejando esto último de lado, la adopción generalizada del veganismo, tal y como es entendido por la mayoría de los veganos (como la dieta vegana más el rechazo del consumo de productos de origen animal o testados con animales), es totalmente compatible con la existencia de una sociedad tecnoindustrial. Sería perfectamente posible que llegase a existir una sociedad tecnoindustrial en la que toda su población llevase una dieta vegana y no usase productos de origen animal ni probados en animales.
+  La inmensa mayoría de quienes dicen defender o luchar por los derechos de los animales y/o por su "liberación", en realidad no están defendiendo en absoluto la libertad de los animales, sino sólo su vida o/y su bienestar. O dicho de otro modo, la libertad no es el valor central (ni a menudo siquiera secundario) de las corrientes y movimientos animalistas, sino la sacralidad de la vida individual (o la supuesta maldad absoluta de la muerte) y/o el bienestar (o la supuesta maldad absoluta del sufrimiento). No luchan realmente contra la esclavitud de los animales, sino principal o exclusivamente contra su muerte o contra su maltrato. El discurso habitual de la mayoría de los grupos y corrientes animalistas tiene como fines centrales el mantenimiento de la vida individual (o, dicho de otro modo, la evitación de la muerte) y/o el bienestar (o, dicho de otro modo, la evitación del maltrato) de los animales. La mayoría de quienes simpatizan con o militan en dichos grupos o corrientes nunca se han parado a pensar seriamente en qué valores defienden realmente ni en sus implicaciones. Nunca se paran a preguntarse si es más importante ser libre que seguir vivo o ser libre que no sufrir; si morir o matar es siempre algo tan malo; si vivir es siempre algo tan bueno; si sufrir o hacer sufrir a otros es siempre algo malo y si no hacerlo es siempre algo bueno; si ser libre es siempre compatible con no matar –o incluso con no morir- y/o con no hacer daño o no sufrirlo. O si alguna vez lo hacen, lo hacen de manera puramente anecdótica y no llegan a relacionar esas cuestiones con los valores en que se basa el discurso animalista que defienden acríticamente. Simplemente repiten los esquemas y eslóganes del discurso animalista habitual, y se quedan contentos tratando de evitar que se mate y/o maltrate a ciertos animales, convencidos de que lo que apoyan es correcto. Su buena intención es mucho mayor que su capacidad de reflexión y que su espíritu crítico. Pero la buena intención es a menudo causa de los peores males.
Por otro lado, los pocos que se paran a pensar mínimamente en ello, entre los que se hallan aquellos filósofos y activistas que dan forma al discurso y la ideología animalistas e influyen sustancialmente en el rumbo de esas corrientes, son aun más peligrosos, porque por lo general asumen conscientemente que la vida individual y/o el bienestar están por encima de la libertad. Para ellos lo malo no es la domesticación de los animales, lo malo es que se les mate y/o se les maltrate. De hecho, muchos de ellos no otorgan valor alguno a la libertad, e incluso la consideran mala (la verdadera libertad conlleva inevitablemente cierto grado de sufrimiento, propio y ajeno y conlleva necesariamente un número importante de muertes, tanto la propia, llegado el momento, como muchas otras ajenas). Un mundo en que todos los animales fuesen libres sería un mundo lleno de depredación, parasitismo, lesiones, enfermedades, etc., algo que aterra a esta gente; algo que odian profundamente. ¡Esta gente odia lo salvaje! Por eso su fin y/o su ideal, es lograr evitar que los animales mueran y/o sufran, no que sean libres. De hecho, los más "lúcidos" de entre ellos saben que para lograr evitar la muerte o el sufrimiento del máximo número posible de animales, deberán impedir que éstos sean libres ya que los animales libres se dañarán entre sí (depredación, parasitismo, peleas, etc.) o a sí mismos (accidentes). Es pura lógica, si lo que importa es evitar la muerte y/o el sufrimiento, entonces hay que acabar con la libertad y con lo salvaje. Partiendo de la asunción consciente de esos valores se han desarrollado diversos delirios ideológicos dentro del movimiento por los derechos de los animales, que van desde disparatados debates acerca de qué deberían hacer los animalistas con los animales depredadores (la depredación en la Naturaleza es causa de muchas más muertes al año que la industria ganadera o la vivisección, ¿deberían los animalistas centrarse en combatirla? ¿Habría que encerrar a los depredadores y controlar su alimentación artificialmente para convertirlos en veganos o habría que exterminarlos? ¿Cómo controlar entonces la población de los herbívoros? ¿Esterilizándolos?) hasta la defensa de un superestado animalista que controle tecnológicamente no sólo la sociedad humana sino el conjunto de la biosfera para evitar la muerte y/o el sufrimiento de los animales (cómo sería posible crear y usar el inmenso sistema tecnológico que sería necesario para ello sin causar la muerte y el sufrimiento de millones de animales a su vez es algo que normalmente ni se les ocurre plantear). Lo más triste es que la mayoría de quienes repiten ingenuamente como loros los eslóganes animalistas básicos (esos ingenuos bienintencionados que no se paran a reflexionar sobre los valores que están apoyando realmente) ni siquiera conocen esta otra cara del movimiento animalista. Y sin embargo, ésta es la consecuencia lógica y "natural" del desarrollo de los valores en que se está basando esa corriente.
Y más triste aun es que muchos de quienes dicen tener como valores lo salvaje, la libertad, lo primitivo, etc., pero apoyan la comúnmente mal llamada "liberación animal" (ahora sabes por qué considero que "liberación" no es el término adecuado en la mayoría de los casos), o sea, muchos anarquistas, anarcoprimitivistas y similares, no saben tampoco lo que están apoyando realmente. Esta gente debería parase a pensar seriamente y preguntarse qué es lo más importante para ellos, ¿defender la libertad y lo salvaje y combatir lo que los destruye o acabar con la muerte y el sufrimiento de los animales (humanos o no)?; qué es lo que realmente desean conseguir y qué están ayudando a conseguir realmente, ¿la libertad de los animales o la dominación bienintencionada del planeta? Pero, en la mayoría de los casos, por lo que conozco, pedirle a esta gente pensar seriamente y aclararse es pedirle demasiado...
+  Una cuestión de mera estadística, pero uno de los motivos principales para no preocuparse de ser vegano: lo que haga o deje de hacer en privado un sólo individuo anónimo (o unos pocos individuos anónimos) no tiene influencia alguna en las tendencias generales de una sociedad de masas. La coherencia práctica personal o muy minoritaria (por ejemplo, la práctica del veganismo) es completamente ineficaz como método estratégico para incidir en la sociedad. En el caso que nos ocupa, uno puede dejar de comer lo que le dé la gana o dejar de usar lo que quiera que ello no va a hacer que se esclavicen menos animales (ni siquiera hará que mueran o sufran menos), a no ser que logre que un número de personas suficientemente grande también haga lo mismo. Y para lograr eso, lo de menos es si él mismo es vegano o no. Porque eso sólo se puede conseguir mediante un aparato propagandístico sofisticado y/o mediante la imposición por la fuerza desde el poder. O sea, que si alguien realmente quiere que el veganismo llegue a tener influencia real y permanente en el mundo deberá desarrollar y mantener unos medios muy elaborados de control y manipulación del pensamiento y del comportamiento (y para ello es necesaria la existencia de un sistema tecnoindustrial) y/o hacerse o aliarse con el poder para que lo apoye, o mejor aún, lo imponga (este último método es el que permitió, por ejemplo, al cristianismo y al budismo llegar a ser religiones influyentes en sus sociedades).
-  Preguntas cuál es el objetivo que se perseguiría con la destrucción del sistema tecnoindustrial. El objetivo de la destrucción del sistema tecnoindustrial sería impedir que la Naturaleza salvaje en la Tierra sea completamente sometida y/o destruida por dicho sistema. Quizá parezca un objetivo pobre a quienes sueñan con acabar con toda dominación o con eliminar la civilización, o con instaurar utopías y “mundos felices” de todo tipo pero, al contrario que estos fantasiosos fines, la destrucción del sistema tecnoindustrial tiene a su favor que es un fin posible, realista (hay una pequeña posibilidad de alcanzarlo).
-  Dices, “Si el sistema se puede destruir -cosa que dudo- será porque las personas cambiarán definitivamente, reduciendo su población drásticamente, restringiendo la tecnología o adoptando una tecnología simple, y abandonando paulatinamente sus mitos”. Sin embargo, la gente, en general, no va a cambiar, por una sencilla razón: son humanos. Los humanos tienen una naturaleza, es decir, unas tendencias psicológicas innatas, unas pautas de comportamiento y pensamiento propias de la especie que hacen que eso de “concienciar a todo el mundo” (o a la mayoría) de lo que sea, resulte una ingenuidad. La única forma de hacer cambiar realmente y de forma permanente a todo el mundo sería cambiando esa naturaleza (modificación genética). Y en ese caso dejarían de ser humanos. Los seres humanos, entre otras cosas, suelen anteponer el interés propio al ajeno, la comodidad al esfuerzo y lo inmediato al largo plazo y la gran escala. Ya sólo estos rasgos humanos (desarrollados evolutivamente porque favorecían sobrevivir y prosperar en la Naturaleza salvaje y en pequeños grupos familiares) hacen que resulte imposible cambiar permanentemente y por las buenas el comportamiento de la mayoría de la gente (o que cambien por sí mismos) para que adopten modos de vida y sociedad “más éticos”. Sólo mediante el engaño (propaganda sofisticada) y/o la fuerza se puede cambiar dicho comportamiento, y sólo hasta cierto punto (la plasticidad del comportamiento humano tiene unos límites, más allá de los cuales, los trastornos psicológicos derivados de forzar la naturaleza humana son demasiado graves y el cambio es inviable; y además, en cuanto cesan la presión propagandística y/o la represión, la gente tiende a volver a comportamientos más acordes con su naturaleza, que suelen ser muy distintos de los que quienes manejaban la propaganda o usaban la represión deseaban lograr y mantener).
-  Dices, “suponiendo que la destrucción del sistema es literal, ya que no se busca cambiar a las personas y que descubran la trampa tecnológica, ¿cómo se destruye?”. La línea estratégica general a seguir no es ni convencer a la mayoría de la gente de que la tecnología moderna es mala y debe ser abandonada (algo imposible, aunque sólo sea porque la mayoría de la gente jamás va a entender nada que vaya más allá de ideas simples y desconectadas entre sí) ni montar un grupo minoritario que se líe a atacar y desmantelar el sistema tecnoindustrial aquí y ahora (el sistema ahora es demasiado fuerte como para poder dañarlo seriamente en la actualidad). Para que un movimiento contra el sistema tecnoindustrial tenga alguna opción de éxito ha de producirse un debilitamiento del sistema tecnoindustrial. Es probable que dicho debilitamiento se produzca, antes o después, en forma de una grave crisis ecológica, social y/o económica. En ese momento de grave debilidad del sistema, un movimiento fuerte y bien organizado (que no necesariamente habría de ser muy grande) podría dar el golpe de gracia a ese sistema tecnoindustrial ya gravemente dañado. Por eso, es importante que dicho movimiento se desarrolle antes de que surja dicha crisis para poder aprovechar la oportunidad, en caso de que ésta llegue. 
Por supuesto, puede que los métodos que se tuviesen que usar, llegado ese momento, para acabar con la sociedad tecnoindustrial no fuesen precisamente del agrado de los anarquistas (puede que tuviesen que tomar y ejercer el poder de algún modo y puede que tuviesen que usar métodos represivos, engañar a la mayoría de la población o incluso matar o dejar morir a muchas personas, entre otras cosas poco escrupulosas). El fin justifica los medios, al menos en este caso.
-  Dices que si se consiguiese destruir el sistema habría que “eliminar todo residuo del mismo con el fin de que no se volviera a producir”. Sería imposible eliminar todo residuo del sistema tecnoindustrial, al igual que sería imposible evitar que quizá volviese a surgir dentro de muchos años, pero el objetivo no ha de ser ése, sino simplemente destruir el sistema tecnoindustrial actual. Como ya he dicho, hay que ser prácticos y centrarse en lo que es realmente posible conseguir.
De todos modos, un sistema tecnoindustrial es una forma de sociedad tremendamente compleja. Una vez se viniese abajo, sería muy difícil volver a reconstruirlo (quizá sería posible que volviese a ser desarrollado, pero llevaría siglos), pues ello requeriría reconstruir muchas infraestructuras que ya no existirían y que tardaron siglos en desarrollarse: formas sofisticadas de extraer y usar energía, tecnologías complejas que sirven de base a otras tecnologías aun más complejas, etc. Habría que volver a pasar por todos los pasos por los que ha pasado previamente la sociedad desde la era preindustrial hasta nuestros días. Y puede incluso que ya no sea posible repetir ciertos pasos.





Último Reducto

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[1] Es muy poco probable que la especie humana se extinga sin a la vez llevarse por delante todas o la mayoría del resto de especies animales. La especie humana probablemente sobreviviría al colapso del sistema tecnoindustrial siempre y cuando éste no implicase la destrucción total de la biosfera. En tal caso, muchos de los supervivientes practicarían la ganadería si tuviesen ocasión, y sería imposible evitarlo. No se me ocurre ninguna forma realista de acabar con la domesticación de animales tras el colapso de la sociedad tecnoindustrial, del mismo modo que no se me ocurre ninguna forma realista de impedir que sobrevivan o se restauren la civilización, la agricultura, la dominación entre humanos, etc., en dichas circunstancias.